El 23 de noviembre de 2.022 fue un día de trabajo normal. Entré en casa a mediodía, una hora antes de la reunión. Saqué el móvil, para cargarlo con el cable que está encima del microondas, pero lo metí de nuevo en el bolsillo. Eso me salvó la vida.
Me senté para trabajar y, de repente, un pitido en mi oido. Agudísimo. Me mareé, se me caían las paredes, vértigo. De pronto dejé de oírlo porque sentí un rugido, algo ensordecedor, dentro de mi cabeza. Dolor in-so-por-ta-ble.
Gateando, fui hacia la cama unos metros, pensando que todo era un mareo. No pude llegar. En medio del pasillo me falló el brazo izquierdo, me quedé boca abajo, vomité. Me di cuenta de que me estaba fallando… TODO. Saqué el móvil, ese que no había puesto a cargar, y marqué como pude el 112, pero no pude hablar, tenía la cara paralizada.
Llamé otra vez. No sé qué dije, no sé qué dijeron. Alguien (GRACIAS) activó el código ictus, y eso me salvó la vida.
Segundos después yo ya no sabía ni dónde vivía, ni qué año era ni qué mes. No recuerdo cómo conseguí arrastrarme hasta la puerta de casa, dar vuelta a la llave y quedarme tirado con un pie fuera para que no se cerrara. A partir de ahí muchas imágenes en flash, me vi a mí mismo, y supe que se había acabado todo.
Pero no.
Superviviente “milagroso” de infarto cerebral agudo. Corredor de trail a pesar de.
Divulgador sobre ictus, superación y modo de vida.
Acompañante en estrategia y comunicación.
Experto en generación de ecosistemas sociales.
Pantomimo food.
